Ciencia y Educación
(L-ISSN: 2790-8402 E-ISSN: 2707-3378)
Vol. 7 No. 5.3
Edición Especial UNEMI 2026
manera concreta en acciones como desplazarse,
entenderse como el nivel de implicación
efectiva que el alumno logra sostener en las
actividades corporales propuestas, no solo
desde la ejecución visible del movimiento, sino
también desde su disposición emocional y su
involucramiento mental con la tarea. Esta
comprensión resulta coherente con el modelo de
Gaxiola et al. (2022), quienes explican que el
coordinar, equilibrarse, responder y sostener la
actividad. En esa línea, Saa et al. (2025)
plantean que la Educación Física fortalece
habilidades motoras y psicomotoras que se
manifiestan en la ejecución real del movimiento
y en el desarrollo integral del estudiante.
Desde esta comprensión, también puede
concebirse como una manifestación de la
capacidad del estudiante para integrarse
motrizmente en escenarios de interacción,
cooperación y convivencia dentro de la clase.
En otras palabras, participar motrizmente
implica poner el cuerpo en acción al servicio de
dinámicas compartidas, asumir retos colectivos
y responder con seguridad a situaciones donde
intervienen otros compañeros. Al respecto,
Ávila et al. (2024) explican que la Educación
Física fortalece las habilidades sociomotrices al
movilizar recursos internos y permitir que el
estudiante ponga sus habilidades motrices al
servicio del grupo en juegos, desafíos y tareas
cooperativas.
compromiso
dimensiones conductuales, emocionales y
cognitivas, de modo que participar
se
estructura
a
partir
de
verdaderamente implica actuar, interesarse y
mantenerse conectado con la experiencia de
aprendizaje. Desde esta lectura, no se limita al
hecho de moverse en clase, sino a la calidad
integral con que el estudiante se incorpora,
responde y persevera en la acción motriz.
Bajo esta lectura, la dimensión conductual de la
participación motriz real se refiere a la
exteriorización observable del involucramiento
del estudiante en la clase, expresada en acciones
concretas como incorporarse a las tareas,
sostener el esfuerzo, responder a consignas y
mantenerse activo dentro de la dinámica grupal.
No basta con estar presente físicamente; esta
dimensión exige una intervención corporal
efectiva y constante. En tal sentido, Quintana et
al. (2026) advierten que la participación activa
constituye un indicador decisivo del nivel de
En clave pedagógica, la participación motriz
real puede definirse, además, como el grado en
que el estudiante mantiene una implicación
activa, frecuente y sostenida en la actividad
física escolar, influida por factores como la
motivación, el interés y las oportunidades de
actuación que brinda el contexto. Desde esta
perspectiva, no basta con participar de forma
implicación
del
alumnado,
pues
su
debilitamiento repercute de manera directa en la
calidad del aprendizaje compartido y en la
cohesión del grupo. En sintonía con ello, la
dimensión emocional alude al conjunto de
sentimientos, disposiciones afectivas y estados
internos que acompañan la participación del
estudiante en la actividad motriz, tales como
seguridad, motivación, confianza, agrado o
temor. Desde esta perspectiva, el modo en que
el alumno se siente condiciona su apertura para
actuar, perseverar o retraerse frente a la
experiencia corporal. Así, Yangali y Cárdenas
ocasional;
resulta
necesario
que
exista
constancia y disposición para involucrarse en
distintos momentos de la práctica. En este
sentido, Lozano et al. (2025) muestran que,
cuando se generan estímulos adecuados, los
estudiantes incrementan su nivel de actividad
física y alcanzan formas más vigorosas y
regulares de participación. En este horizonte
conceptual, la participación motriz real de
estudiantes con baja autoconfianza puede
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