Ciencia y Educación  
(L-ISSN: 2790-8402 E-ISSN: 2707-3378)  
Vol. 7 No. 4.1  
Edición Especial IV 2026  
EDUCAR EN LA HERIDA SOCIAL: VIOLENCIA Y CONDICIÓN DE LA SOCIEDAD  
CONTEMPORÁNEA  
EDUCATION IN THE CONTEXT OF SOCIAL DIVISIONS: VIOLENCE AND THE STATE  
OF CONTEMPORARY SOCIETY  
Autores: ¹Diego Uriel Ramírez Teoyotl.  
¹E-mail de contacto: ramirezteoyotld@gmail.com  
Afiliación: ¹Universidad Autónoma de Tlaxcala UATx, (México).  
Artículo recibido: 07 de Mayo del 2026  
Artículo revisado: 09 de Mayo del 2026  
Artículo aprobado: 11 de Mayo del 2026  
¹Estudiante de octavo semestre de la Licenciatura en Ciencias de la Educación, adscrito a la Facultad de Ciencias de la Educación.  
Actualmente se desempeña como Auxiliar de Investigación SNII en el Centro de Investigación Educativa (CIE) de la Universidad  
Autónoma de Tlaxcala (UATx) con experiencia y participación en espacios de difusión académica y el desarrollo de investigación  
educativa.  
Resumen  
El presente artículo de reflexión tuvo por  
objetivo analizar la violencia como condición  
estructural que atraviesa la vida social  
contemporánea en el marco de la educación. Se  
propone la noción de “herida social” para dar  
cuenta de la persistencia, la sedimentación y la  
internalización del daño en los sujetos y las  
Palabras Claves: Herida, Violencia, Educar,  
condición social, Subjetividades  
Abstract  
This reflective article aims to analyze violence  
as a structural condition that permeates  
contemporary social life within the framework  
of education. It introduces the notion of the  
“social wound” to account for the persistence,  
sedimentation, and internalization of harm in  
individuals and social relations, beyond its  
visible manifestations. The text problematizes  
the role of the school as a socializing institution  
relaciones  
sociales,  
más  
allá  
de  
sus  
manifestaciones visibles. El texto problematiza  
el papel de la escuela como institución  
socializadora con posibilidades de resistencia,  
resignificación  
metodología parte de un ejercicio de reflexión  
teórico-crítica con anclaje hermenéutico  
y
transformación.  
La  
with  
resignification,  
the  
potential  
for  
resistance,  
The  
mediante el análisis documental. Se aborda la  
ruptura del vínculo social como uno de los  
efectos más profundos de la violencia  
contemporánea, así como la necesidad de  
reconstruir formas de convivencia basadas en  
el reconocimiento, la responsabilidad y la  
apertura hacia el otro. A su vez, se examina la  
dimensión subjetiva de la violencia al destacar  
los procesos mediante los cuales esta se  
internaliza y afecta la constitución afectiva,  
relacional y ética de los sujetos. Se concluye  
que educar en contextos atravesados por la  
violencia implica generar condiciones para la  
problematización crítica, el reconocimiento de  
la vulnerabilidad compartida y la construcción  
de relaciones más justas, en un horizonte ético  
que sitúe la dignidad humana como principio  
fundamental.  
and  
transformation.  
methodology is based on a theoretical-critical  
reflection with a hermeneutic grounding  
through documentary analysis. It addresses the  
rupture of the social bond as one of the  
strongest effects of contemporary violence, as  
well as the need to reconstruct forms of  
coexistence  
grounded  
in  
recognition,  
responsibility, and openness to the other. At the  
same time, it examines the subjective  
dimension of violence by highlighting the  
processes  
internalized  
through  
and  
which  
affects  
it  
the  
becomes  
affective,  
relational, and ethical constitution of subjects.  
The article concludes that educating in contexts  
shaped by violence entails creating conditions  
for critical problematization, the recognition of  
shared vulnerability, and the construction of  
more just relationships, within an ethical  
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horizon that places human dignity as a  
fundamental principle.  
Keywords: Wound, Violence, Education,  
Social Condition, Subjectivities.  
anomalía moral atribuible a sujetos específicos.  
Sin embargo, esta forma de comprensión resulta  
cada vez más insuficiente ante contextos en los  
que la violencia no irrumpe desde afuera, más  
bien parece brotar del interior de las relaciones  
sociales. Las sociedades actuales se encuentran  
en una profunda crisis de todos los aspectos,  
política, social, económica y no es de  
sorprenderse que también de valores, la cual  
articula procesos de exponencial reproducción  
de ciertos fenómenos que hacen la vida en  
común más difícil, tales como el crimen, la  
violencia, el egoísmo y la indiferencia. A lo  
largo del texto se utiliza el concepto “herida  
social” para referirse a la variedad de eventos  
que ocurren a diario y precarizan la esfera  
pública, mediante problemáticas que atentan  
contra la salud, el bienestar y el tejido  
comunitario.  
Sumário  
O presente artigo de reflexão teve como  
objetivo analisar a violência como uma  
condição estrutural que atravessa a vida social  
contemporânea no âmbito da educação.  
Propõe-se a noção de “ferida social” para dar  
conta da persistência, da sedimentação e da  
internalização do dano nos sujeitos e nas  
relações  
sociais,  
para  
além  
de  
suas  
manifestações visíveis. O texto problematiza o  
papel da escola como instituição socializadora  
com  
ressignificação  
metodologia baseia-se em um exercício de  
reflexão teórico-crítica com ancoragem  
possibilidades  
de  
resistência,  
e
transformação.  
A
hermenêutica, por meio da análise documental.  
Aborda-se a ruptura do vínculo social como um  
dos efeitos mais profundos da violência  
contemporânea, bem como a necessidade de  
A su vez se retoma la educación como espacio  
potencial para responder a tal fenómeno de la  
modernidad mediante la formación de sujetos  
sensibles con el mundo y consigo mismos. El  
texto aborda la violencia en su gran tesitura y se  
abandona la idea de esta como evento inevitable  
para asumirla como condición estructurante de  
la vida colectiva, inscrita en dinámicas  
históricas, económicas, culturales y políticas  
que la hacen posible, la replican y, en muchos  
casos, la legitiman (Silva, 2006). Por ello no es  
exagerado decir que hoy en día se atraviesa por  
una “herida social” que ha estructurado formas  
de ser y estar en un mundo cada vez más  
precario (Silva y Gualdrón 2023). Ante dicha  
complejidad de la sociedad actual, el presente  
texto parte de la pregunta rectora: ¿Qué implica  
educar en la condición social contemporánea  
atravesada por el fenómeno de la violencia? En  
ese sentido se tuvo por objetivo analizar la  
violencia como condición estructural que  
atraviesa la vida social contemporánea en el  
marco de la educación. La lógica de la herida  
reconstruir  
fundamentadas  
formas  
no  
de  
convivência  
na  
reconhecimento,  
responsabilidade e na abertura ao outro. Por sua  
vez, examina-se a dimensão subjetiva da  
violência ao destacar os processos pelos quais  
esta se internaliza e afeta a constituição afetiva,  
relacional e ética dos sujeitos. Conclui-se que  
educar  
em  
contextos  
atravessados  
pela  
violência implica gerar condições para a  
problematização crítica, o reconhecimento da  
vulnerabilidade compartilhada e a construção  
de relações mais justas, em um horizonte ético  
que situe a dignidade humana como princípio  
fundamental.  
Palavras-chave:  
Educação, Condição, Social, Subjetividades.  
Ferida,  
Violência,  
Introducción  
Pensar la violencia en el mundo contemporáneo  
exige un desplazamiento radical respecto de sus  
interpretaciones más comunes. Durante mucho  
tiempo, el análisis social tendió a ubicarla en el  
terreno de la excepcionalidad: como ruptura del  
orden, desviación patológica e incluso como  
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para problematizar la condición actual en  
y cuáles pueden ser expuestas al daño sin  
generar escándalo. Bajo esta mirada, la herida  
social no es homogénea: se intensifica en  
aquellos cuerpos que han sido históricamente  
tiempos de dificultad. La herida va más allá del  
daño infligido: se encuentra en su persistencia,  
en su sedimentación en el tiempo, en su  
capacidad de reorganizar la subjetividad y de  
moldear las formas en que el mundo es  
percibido, habitado y significado.  
precarizados,  
invisibilizados  
o
deshumanizados, lo que afecta la manera en que  
los sujetos se relacionan consigo mismos y con  
los otros.  
La desigualdad, la exclusión y la precariedad  
son  
condiciones  
adversas  
producto  
de  
En  
el  
contexto  
latinoamericano,  
esta  
complejos entramados que han moldeado  
estructuras que a su vez reproducen la nueva  
normalidad de ser y estar, de tal manera que la  
violencia llega a operar en el silencio, sin un  
distribución desigual de la vulnerabilidad tiene  
una gran profundidad histórica; las huellas del  
colonialismo, lejos de haber desaparecido,  
continúan organizando las relaciones sociales a  
través de lo que Quijano (2020) denominó la  
“colonialidad del poder”, concepto que permite  
perpetrador  
visible,  
cuyos  
efectos  
son  
profundos en la vida de las personas. Esta  
comprensión dialoga con la noción de violencia  
estructural propuesta por Galtung (2016) quien  
advierte que el daño no se limita a la agresión  
directa y se inscribe en las propias estructuras  
sociales que impiden a ciertos grupos satisfacer  
entender  
cómo  
las  
jerarquías  
raciales,  
económicas y culturales instauradas durante los  
procesos de conquista ideológica se han  
reconfigurado en formas contemporáneas de  
dominación que siguen determinando quiénes  
tienen acceso a recursos, reconocimiento y  
participación social en un esquema opresivo y  
duro. Paralelamente De Sousa Santos (2010)  
habla sobre las formas de conocimiento  
hegemónicas que producen saberes así como  
sus  
necesidades  
básicas  
o
desarrollar  
plenamente sus capacidades. La violencia, por  
tanto, es capaz de naturalizarse hasta volverse  
imperceptible, convirtiéndose en parte del  
paisaje cotidiano, ya que lo que se experimenta  
como “vida normal” es, en realidad, el resultado  
de una serie de privaciones sistemáticas que  
configuran subjetividades marcadas por la  
carencia, la frustración y la resignación al  
tiempo actual.  
también  
ignorancias,  
al  
invisibilizar  
experiencias y perspectivas que no encajan en  
sus marcos de referencia, lo que da pauta a la  
sociología de las ausencias entendido como un  
posicionamiento epistemológico y político cuyo  
objetivo consiste en identificar, denunciar y  
revertir los procesos mediante los cuales ciertas  
realidades, saberes, prácticas y sujetos son  
Ahora  
bien,  
si  
esta  
expresión  
permite  
comprender las condiciones objetivas del daño,  
su vinculación con la dimensión subjetiva en el  
contexto educativo será capaz de moldear los  
aprendizajes básicos (Vergara et al. 2019). En  
tal sentido Butler (2020) plantea que la  
vulnerabilidad es una condición constitutiva de  
la existencia humana, pero que esta se  
distribuye diferencialmente en función de  
marcos normativos que determinan qué vidas  
son reconocidas como dignas de ser protegidas  
producidos  
como  
inexistentes  
por  
el  
pensamiento dominante.  
En tanto que “El pensamiento único es la forma  
que necesita el dominio para legitimarse.  
Dominio que hoy en día no es solamente el  
disciplinamiento  
de  
las  
subjetividades  
particulares, sino, además, el dominio sobre la  
especie misma, aquella que Foucault llamaba  
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el biopoder […]” (Cullen, 2009, p. 41). En este  
tal? En este punto, la postura de Arendt sobre la  
relación entre lenguaje y mundo común toma  
cabida. Para Arendt, la realidad compartida se  
construye a través de la palabra; aquello que no  
se nombra queda excluido del ámbito de lo  
público y, por tanto, de la posibilidad de ser  
cuestionado y transformado (Arendt, 2009). Por  
lo que nombrar y reconocer que se atraviesa una  
profunda herida social que incluye la crisis de  
valores es entonces una intervención política  
que busca abrir un espacio de inteligibilidad  
para experiencias que han sido relegadas al  
silencio.  
sentido es pertinente abordar la noción de  
violencia simbólica desarrollada por Bourdieu y  
Passeron (2001), la cual señala que las  
relaciones de dominación se internalizan hasta  
el punto de ser percibidas como naturales o  
inevitables en tanto que las sociedades son  
relaciones de fuerza y sentido sobre los grupos  
que las reproducen. Por lo que romper esta  
naturalización exige un trabajo crítico que  
analice e interrogue las propias prácticas y  
supuestos a fin de vislumbrar el deber ser y  
hacer en todos los aspectos, incluso el  
educativo.  
Sin embargo, el acto de nombrar no está exento  
de tensiones; existe siempre el riesgo de reducir  
la complejidad de la experiencia a categorías  
que, aunque útiles, llegan a simplificar o incluso  
distorsionar la realidad educativa que pretenden  
captar, por ello tiene gran sentido el pensar en  
construir nuevas realidades (Moreno, 2021).  
Dicha herida no puede ser completamente  
capturada por el lenguaje; siempre habrá un  
excedente, una dimensión irreductible que  
escapa a la conceptualización. Por ello, es  
necesario mantener una actitud crítica frente a  
los propios marcos conceptuales y reconocer  
tanto su potencia como sus límites.  
En este marco, Foucault (2012) sostiene que la  
violencia es una expresión de estructuras de  
poder que operan tanto a nivel material como  
simbólico, inscritas en los esquemas sociales,  
de tal manera que la vida cotidiana es el  
escenario donde la violencia se reproduce con  
mayor eficiencia y eficacia. Esto no acontece a  
través de grandes actos espectaculares, lo hace  
mediante prácticas ordinarias que pasan  
desapercibidas precisamente por su carácter  
habitual, tales como el desprecio sutil, la  
exclusión tácita, la indiferencia sistemática, el  
silenciamiento de ciertas voces, el egoísmo y la  
indiferencia colectiva: todas estas formas de  
interacción constituyen modos de violencia que,  
aunque menos visibles que la agresión directa,  
resultan igualmente devastadores en sus  
efectos.  
En este horizonte, la ética toma un lugar crucial;  
el desafío no solo es comprender la violencia,  
sino responder a ella; implica situar la  
responsabilidad hacia el otro como fundamento  
de la ética. Para Levinas, el rostro del otro en su  
vulnerabilidad interpela al sujeto de manera  
ineludible al exigir una respuesta que no puede  
ser delegada ni pospuesta: “Reconocer a ese  
otro en su dimensión humana, desde una  
apertura ética que propicie esa relación con el  
otro como “rostro”, pues es ese rostro el que  
interpela y rompe con el mundo, el que “pone  
en cuestión al yo”, pero preservando una  
relación sin violencia “en paz con esta alteridad  
absoluta”. Ese rostro me habla y, con ello, “me  
La herida social, entonces, no solo se inflige  
desde afuera, más bien se inscribe en la  
subjetividad  
al  
configurar  
esquemas  
de  
percepción y valoración que reproducen el  
orden existente. Ahora bien, esta internalización  
del daño plantea nuevos desafíos para el  
pensamiento crítico: ¿cómo hacer visible  
aquello que ha sido naturalizado?, ¿cómo  
nombrar una violencia que no se percibe como  
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invita a una relación inconmensurable con  
desde las estructuras hacia los individuos, desde  
las relaciones de poder hacia las conductas  
desviadas, lo que interviene sobre los efectos  
sin cuestionar las causas. Así proponer una  
educación para la paz también lleva consigo  
asumir la complejidad del fenómeno y  
reconocer que no existen soluciones simples ni  
inmediatas, en un proceso que requiere tiempo,  
escucha y disposición a cuestionar las propias  
certezas, en el diálogo, escucha activa y  
entables más justos en provecho de su potencial  
transformador.  
ningún poder que ejerza yo, ya sea disfrute, ya  
sea conocimiento” (Lévinas, 2012, p. 219)”  
(Urbina, 2015, p. 19).  
De tal manera que ser y estar con los otros es el  
fin constitutivo del ser humano, en la actualidad  
marcada por la crisis, liquidez y cansancio,  
educar en la herida social implica asumir la  
responsabilidad de reconocer y atender la  
vulnerabilidad como una dimensión inherente  
de las relaciones humanas, no como debilidad  
por cargar. Ahora bien, esta responsabilidad es  
incapaz de sostenerse desde la individualidad;  
la herida social es el resultado de procesos  
colectivos, por lo que su abordaje requiere  
también de respuestas colectivas. La escuela,  
como espacio de socialización, toma batuta no  
porque esté al margen de la violencia, más bien  
porque precisamente está atravesada por ella, en  
tanto pueda reconocerla, problematizarla y  
generar condiciones para su resignificación  
(Furlán y Spitzer, 2013). Esto implica  
cuestionar las formas en que las instituciones  
participan en la producción y reproducción de  
la violencia, así como explorar sus posibilidades  
de transformación mediante la singularidad de  
A su vez implica reconocer que la escuela no  
puede, por sí sola, resolver problemas que  
exceden su ámbito de acción y situarlos en su  
justa medida: como espacio donde es posible  
abrir preguntas, generar diálogos, así como un  
pensamiento crítico por medio de la praxis  
docente-alumno, alumno-docente a fin de  
construir formas de relación que combinen  
elementos para una paz tanto dentro como fuera  
del aula (Agudelo y Mercado, 2019). La herida  
social por encima de un signo de daño es un  
punto de partida para la reflexión y la acción,  
nombrarla es el primer paso, pero no el único.  
El desafío consiste en sostener esa palabra en el  
tiempo, en evitar que se diluya, se trata de  
construir una mirada que no se conforme con  
las  
experiencias  
y
la  
multiplicidad  
de  
identidades trastocadas por la misma.  
describir  
la  
violencia;  
que  
busque  
su  
En este sentido, una de las tendencias de la  
gestión tecnocrática es reducir la violencia a un  
problema de convivencia susceptible de ser  
resuelto mediante protocolos y procedimientos,  
por lo que resulta fundamental criticar las  
respuestas institucionales que reducen el  
accionar a dichos instrumentos (Medina y  
Ortega, 2025). Si bien estas herramientas son  
necesarias, llegan a ser insuficientes cuando no  
se acompañan de una reflexión más profunda  
sobre las condiciones que hacen posible la  
violencia, ya que la tecnificación del problema  
tiende a despolitizarlo al desplazar la atención  
complejidad y responda a ella desde una ética  
del reconocimiento y la responsabilidad.  
Materiales y Métodos  
El presente artículo se fundamentó en el  
ejercicio de reflexión teórico-crítica con anclaje  
hermenéutico en tanto establece que este tipo de  
producción exige un andamiaje argumentativo  
sólido,  
coherencia  
interna  
y
una  
problematización rigurosa del objeto de estudio  
(Ruiz, 2012; Villarreal et al., 2018). El proceder  
metodológico se desarrolló mediante el análisis  
documental que para Marcelino et al. 2024 es  
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un proceso de apropiación del conocimiento en  
porque están dotados de una conciencia que les  
permite elegir en cada instante […] (Perrenoud,  
2012:72).  
tanto lo definen como un “procedimiento  
sistemático de revisión de documentos escritos,  
principalmente,  
busca  
generar…  
la  
En este sentido, para Foucault (2002) las  
instituciones modernas operan a través de  
dispositivos de poder que por un lado reprimen  
y por el otro producen sujetos que organizan  
conductas y establecen criterios de normalidad  
dándoles en sí mismos una privación de la  
libertad accionaria. La escuela, en tanto  
institución disciplinaria, no escapa a esta lógica:  
mediante prácticas como la vigilancia, la  
evaluación, la clasificación, la regulación del  
construcción y representación del conocimiento  
de una forma distinta” (p.3). Bajo dicho  
precepto se permitió la construcción de nuevos  
planteamientos  
conocimiento.  
sobre  
el  
estado  
del  
El proceder metodológico del texto se  
desarrolló en tres momentos interrelacionados.  
En un primer momento, se realizó una lectura  
exploratoria y de apertura, orientada a mapear  
las principales categorías asociadas a la  
tiempo  
y el  
espacio, conforma modos  
violencia  
contemporánea:  
precariedad,  
específicos de ser y de estar. Al establecer  
criterios de éxito y fracaso, se participa  
activamente en la construcción de trayectoria  
organizativa que impacta en la vida de los  
sujetos más allá del espacio escolar, función  
selectiva que responde a estructuras de poder  
que ponen en la balanza a ciertos grupos  
sociales mediante los códigos lingüísticos y  
culturales (Bernstein, 1990).  
subjetividad, herida, normalización de la  
violencia y su articulación con el campo  
educativo (González y Flores, 2023). En un  
segundo momento, se llevó a cabo una  
codificación temática de carácter inductivo-  
deductivo, que permitió organizar el corpus en  
ejes analíticos tales como: a) violencia  
estructural  
y
reproducción  
social,  
b)  
subjetividad y sufrimiento social y c) educación  
como práctica ética frente a la herida (Dávila,  
2006). Finalmente, en un tercer momento, se  
desarrolló una interpretación hermenéutica, en  
la que los hallazgos fueron puestos en diálogo  
crítico para tensionar sus alcances y límites,  
siguiendo la perspectiva de la hermenéutica  
crítica planteada por (Ricoeur, 2006).  
Por lo que la articulación entre violencia y  
condición social contemporánea plantea un  
desafío ético ineludible para la educación; si la  
herida social estructura la vida cotidiana en el  
mundo, entonces educar implica asumir una  
responsabilidad frente a ella, mediante formas  
más justas, solidarias y humanas de ser y estar;  
se trata de la convicción clara, contundente e  
irrenunciable acerca de la primera y más  
importante finalidad de la educación: enseñar  
humanidad a la humanidad” (López, 2009, p.  
140). Educar en la herida no es, en última  
instancia, enseñar a vivir con el sufrimiento; es  
abrir caminos para que este deje de ser la  
condición que define la existencia. La violencia,  
Si la violencia constituye una condición  
estructural de la vida social contemporánea,  
resulta imprescindible interrogar el papel de las  
instituciones en su reproducción, regulación y  
eventual transformación. Entre ellas, la escuela  
ocupa un lugar complejo ya que es un  
dispositivo de articulación de saberes, prácticas  
y relaciones de poder que inciden de manera  
decisiva en la formación de subjetividades; los  
jóvenes son responsables de todo lo que hacen,  
al  
estructurar  
la  
experiencia  
cotidiana,  
configura horizontes de sentido que tienden a  
naturalizar la desigualdad e inhibir la acción  
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transformadora;  
complejidad de  
esta  
la  
lógica  
herida  
reduce  
la  
praxis, para así interrogar el mundo, nombrar  
las violencias que han sido naturalizadas y abrir  
espacios para la toma de conciencia. Ahora  
bien, la escuela, en tanto institución, se  
a
conductas  
individuales susceptibles de corrección, lo que  
imposibilita la comprensión de la agresión en  
todos sus modelos de representación (Carrasco  
y González, 2006). Esto incluso se deja entrever  
en la arquitectura misma de la escuela entendida  
como expresión de estas lógicas de poder. La  
organización del espacio como las aulas  
encuentra  
atravesada  
por  
lógicas  
de  
normalización, control y estandarización en las  
que el conocimiento se deposita en sujetos  
concebidos como pasivos, reproduciendo así  
relaciones de dominación, la llamada educación  
bancaria, por lo que tomar partido frente a  
dichas adversidades es también un acto político  
en la medida en que promueva cambios para  
construir una nueva educación (Freire, 2005).  
cerradas,  
disposición  
frontal,  
separación  
jerárquica entre figuras no es neutral; responde  
a una determinada concepción de la autoridad y  
del conocimiento.  
En este sentido, el análisis de Popkewitz sobre  
la “razón pedagógica” permite comprender que  
las prácticas educativas están atravesadas por  
racionalidades que buscan ordenar, clasificar y  
normalizar a los sujetos (Popkewitz, 2012). Lo  
que provoca un efecto de racionalidades que, al  
intentar producir orden, generan exclusión e  
incentivan al pensamiento único. Sin embargo,  
sería un total error reducir la escuela a un mero  
aparato reproductor de violencia; su carácter  
transformador y ambivalente reconoce que, en  
el mismo espacio donde se reproducen  
relaciones de poder, también emergen formas  
de resistencia y resignificación. La tensión entre  
reproducción y transformación es constitutiva  
de cualquier institución y no puede resolverse  
de manera simplista.  
En ese sentido, los planteamientos de la  
pedagogía crítica insisten en que estas  
condiciones no son inmutables; por el contrario,  
la ruptura con estas formas de enseñanza  
apuesta  
por  
prácticas  
de  
historicidad,  
afectividad y capacidad de agencia de los  
sujetos para la construcción de nuevas formas  
de relación y de conocimiento. No obstante,  
estas  
posibilidades  
no  
son  
automáticas,  
requieren de una toma de conciencia sobre las  
formas en que la violencia se inscribe en las  
prácticas cotidianas y de una disposición a  
cuestionar las lógicas de crueldad que la  
sostienen. Esto lleva consigo, entre otras cosas,  
problematizar la idea de que todo acto educativo  
está cargado de valor, cultura y poder que  
atraviesan toda praxis pedagógica.  
Para  
Freire,  
la  
educación  
parte  
del  
De esta manera, la pedagogía crítica no busca  
reconocimiento crítico de las condiciones de  
opresión que configuran la realidad de los  
educandos, en un proceso de concientización  
que permite a los sujetos reconocerse como  
portadores de historia y como agentes capaces  
de intervenir en ella (Freire, 2010). Bajo ese  
negar  
las  
condiciones  
estructurales  
de  
dominación, busca intervenir en ellas al abrir  
espacios para la reflexión y la acción  
transformadora de la mano de profesores cuya  
crítica sea revolucionaria (McLaren y Huerta,  
2011). En este punto habría que plantear que  
este proceso no es sencillo, ya que implica  
cuestionar certezas arraigadas y enfrentar  
resistencias tanto individuales como colectivas  
que se han de abordar con suma seriedad desde  
precepto,  
educar  
en  
la  
herida  
implica  
problematizar una condición histórica que,  
aunque impone restricciones, también contiene  
la posibilidad de ser superada mediante la  
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el cuerpo docente que es la primera línea en los  
la naturaleza esencialmente social […] (Ayuste  
et al. 1999, p. 41). La subjetividad no es un  
espacio interior alejado de quienes la han  
conformado; es un campo de configuración  
donde confluyen las fuerzas sociales, culturales  
e históricas que atraviesan a los individuos. En  
este sentido, comprender la violencia desde la  
subjetividad implica reconocer cómo esta se  
interioriza, se naturaliza y reproduce, pero  
también cómo puede ser resistida, resignificada  
y transformada, es decir, al producir su vida, al  
construirla, el individuo realiza una obra  
análoga a la obra de arte. Y es justamente ahí  
donde se afirma como sujeto, donde produce su  
subjetividad […] (Azerêdo, 2014, p. 62).  
procesos de enseñanza-aprendizaje (Vargas,  
2023). De tal manera que toda propuesta  
formativa orientada en este marco busca  
generar condiciones para que la propia  
institución pueda pensarse a sí misma,  
reconocer  
sus  
límites  
y
explorar  
sus  
posibilidades de transformación.  
Frente a dinámicas sociales marcadas por el  
silenciamiento, la exclusión y la ruptura del  
vínculo social, el diálogo se perfila como una  
práctica ética y política que restituye la palabra  
a quienes han sido históricamente negados al  
reconocer al otro en su dignidad y en su  
capacidad de nombrar el mundo (Ayuste et al.  
1999; Skliar, 2019). En última instancia, pensar  
la escuela como espacio transformador la sitúa  
en un terreno más realista y crítico; en  
comprenderla en su complejidad y asumir que  
en ella se juegan tanto la reproducción de la  
En su gran mayoría, la condición de las  
sociedades actuales tiene que ver con la  
“modernidad líquida” de Zygmunt Bauman,  
caracterizada por la fragilidad de los vínculos,  
la incertidumbre permanente y la disolución de  
coyuntura  
como  
la  
posibilidad  
de  
su  
estructuras  
estables  
que  
anteriormente  
orientación  
transformación.  
proporcionaban  
sentido,  
y
seguridad que les permitían mantenerse al  
margen en algún rubro (Bauman, 2002). En  
dicha liquidez la violencia adquiere formas  
difusas que no siempre se expresan en  
confrontaciones directas, lo hacen en procesos  
de desprotección, exclusión y abandono que  
afectan profundamente la constitución subjetiva  
de las personas.  
Si la violencia se inscribe estructuralmente en la  
vida social y se reproduce a través de  
dispositivos colectivos e institucionales que la  
normalizan y silencian, su dimensión más  
profunda se juega en el terreno de la  
subjetividad. Es ahí donde el daño deja de ser  
condición externa para ser en lo vivido, en la  
percepción, en los afectos persistentes, en los  
modos de habitar el mundo. El sujeto no es  
producto del discurso como argumentan los  
teóricos posmodernos el sujeto cognoscente es  
un sujeto actuante a partir de la relación  
La inseguridad inmediata rebasa el plano  
material y se plantea en lo existencial, es decir,  
se instala como una sensación constante de  
vulnerabilidad que dispone la manera en que los  
sujetos se relacionan con el mundo y con los  
otros. Esta precariedad de la existencia  
contemporánea se expresa en las formas  
actuales de dominación que ya no operan  
principalmente a través de la represión externa,  
ahora es mediante mecanismos de auto  
explotación y autoexigencia que los propios  
dialéctica  
entre  
pensamiento  
y
acción  
responsable de su propia voz, la construcción de  
significados individuales y la aprobación del  
conocimiento resultan de la interacción sujeto-  
sujeto y sujeto-objeto en un marco histórico y  
cultural dado, por esta razón podemos decir que  
tanto el significado como el conocimiento son  
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sujetos  
internalizan  
ante  
las  
crecientes  
pensamiento. El Otro es inconmensurable, es lo  
absolutamente Otro, y es siempre anterior a la  
propia subjetividad. Más aún, es principio  
constitutivo del yo: éste adquiere su identidad  
desde la responsabilidad por el Otro […]  
(Giménez, 2011, p. 347).  
demandas del capitalismo y el consumismo  
(Giddens, 2007; Han, 2012). En lugar de un  
poder que prohíbe, emerge un poder que incita,  
motiva y exige rendimiento constante; lo peor  
es que no viene de otro, viene del propio  
individuo. La violencia, en este sentido, se  
vuelve inmanente: no viene de fuera, se instala  
en el interior del sujeto como mandato, como  
presión, como imposibilidad de detenerse.  
Ahora bien, la internalización del daño no se  
limita a la esfera del rendimiento; afecta de  
manera más amplia la constitución afectiva y  
relacional de los sujetos. Erich Fromm ya  
advertía, en su análisis de las sociedades  
actuales, que la libertad formal no garantiza la  
realización humana si no va acompañada de  
condiciones que permitan el desarrollo de  
relaciones auténticas, de ahí que defina el amor  
auténtico como una fuerza activa que implica  
En su crítica a la sociedad capitalista moderna,  
Fromm señala que las condiciones estructurales  
fomentan la enajenación y la cosificación de las  
personas, ya que en un mundo donde  
predominan las relaciones instrumentales, los  
individuos tienden a tratar a los demás como  
objetos, lo cual facilita la violencia (Fromm,  
2011). Así la pérdida de autenticidad y de  
vínculos genuinos genera sujetos incapaces de  
amar; más propensos a la destructividad, esta  
forma de violencia es sumamente eficaz porque  
se presenta como libertad, como elección  
cuidado,  
reconocimiento (Fromm, 2011). En contextos  
donde predomina la competencia, la  
responsabilidad,  
respeto  
y
inseguridad y la instrumentalización de las  
relaciones, los individuos desarrollan formas de  
carácter que reproducen la violencia, ya sea  
mediante la agresión directa o mediante la  
indiferencia hacia el sufrimiento ajeno (Martín,  
2020).  
individual  
al  
ocultar  
las  
condiciones  
estructurales que la producen. Cuando estas  
dimensiones están ausentes, lo que emerge es  
una forma de relación destructiva.  
En un aspecto más amplio, el sufrimiento social  
deja huellas que no desaparecen fácilmente. Sin  
embargo, reducir la subjetividad a un mero  
reflejo de las estructuras sociales sería caer en  
un determinismo que anula la posibilidad de  
transformación; la subjetividad es también un  
espacio de agencia, de interpretación, de  
resistencia. Como señala Castoriadis (2023), la  
sociedad reproduce significados, pero también  
los crea, y en ese proceso los sujetos participan  
activamente. Por lo que incluso en contextos  
profundamente marcados por la violencia,  
existen márgenes para la resignificación, para la  
construcción de sentidos alternativos que  
cuestionen el orden establecido y provean de  
esperanza una capaz de crear un nuevo inicio  
El individuo incapaz de amar tiende a  
relacionarse con los otros desde la dominación,  
la posesión o el sometimiento, lo que abre la  
puerta a diversas formas de violencia, tanto  
simbólica como física, de tal manera que la  
violencia aparece como expresión de una  
estructura emocional y social deformada del  
amor: en su ausencia, en su negación. De tal  
manera que es propio pensar en un humanismo  
complejo, pero no difícil uno que parta del  
reconocimiento del rostro del otro; Levinas  
propone un nuevo humanismo: el Humanismo  
del otro hombre. El intento de Levinas se  
resuelve en pensar a partir del Otro: concebir la  
exterioridad como condición y origen de todo  
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con los otros. Esta tensión entre determinación  
cotidianidad esta insensibilización se traduce en  
indiferencia, en incapacidad de reconocer la  
gravedad del daño o en aceptación pasiva de la  
violencia como parte de la vida, de modo que la  
subjetividad herida no solo piensa de manera  
distinta, también siente de manera distinta.  
y agencia se manifiesta en los contextos  
educativos, la escuela, al ser un espacio donde  
se cruzan múltiples trayectorias y experiencias,  
es un lugar donde las subjetividades se  
confrontan, se moldean y, en ocasiones, se  
transforman. La violencia que circula en este  
espacio afecta a los sujetos y configura sus  
formas de percepción y de relación a tal punto  
que el miedo, la desconfianza, la indiferencia  
pueden convertirse en disposiciones duraderas  
que condicionan la manera en que los  
individuos interactúan con los demás (Chávez y  
Rodríguez, 2024).  
No obstante, la subjetividad no se agota en la  
internalización del daño; también es el lugar  
donde puede emerger la resistencia. Esta no  
siempre adopta formas visibles u organizadas;  
muchas veces se expresa en gestos, en  
decisiones cotidianas, en formas de relación que  
desafían la lógica dominante, en contextos de  
dominación los sujetos desarrollan “transcriptos  
ocultos”, es decir, formas de resistencia que  
problematizan y no se expresan abiertamente,  
pero que permiten preservar espacios de  
autonomía, así como propuesta ante el orden  
establecido (Scott, 2000). En el ámbito  
educativo, estas resistencias se manifiestan en  
prácticas pedagógicas sensibles, en vínculos  
solidarios, en la construcción de comunidades  
de sentido que cuestionan la normalización de  
la violencia.  
La violencia es un fenómeno multidimensional  
y conductual, pero también afectivo, de ahí que  
las emociones sean formas de evaluación que  
expresan juicios sobre lo que es valioso o  
amenazante. El miedo, por ejemplo, puede ser  
una respuesta comprensible ante contextos de  
adversidad y violencia, pero cuando se  
generaliza o cronifica, da lugar a formas de  
retraimiento y aislamiento que debilitan la  
comunidad (Alzugaray et al. 2023). La  
subjetividad, por tanto, padece y en la gravedad  
se vuelve su vehículo, entonces la superación de  
esta es una transformación radical del sujeto y  
de las condiciones sociales que hagan posible el  
amor como práctica consciente, ética y libre.  
Han (2012) ha señalado que la violencia  
contemporánea ya no se presenta únicamente  
como una fuerza externa, más bien como una  
presión interna que los sujetos ejercen sobre sí  
mismos, ya que, en la sociedad del rendimiento,  
el fracaso se vive como una responsabilidad  
individual, lo que produce formas de auto  
explotación y agotamiento que intensifican el  
sufrimiento. La violencia, en este sentido, se  
interioriza, se vuelve parte de la subjetividad  
misma. Así, la posibilidad de resistencia está  
estrechamente asociada a la capacidad de  
reflexividad. Poder nombrar la experiencia,  
interpretarla, situarla en un marco más amplio  
constituye un paso fundamental para romper  
con la naturalización del daño. En este sentido,  
la escuela desempeña un papel crucial como  
Frente a la repetición de la violencia, la  
experiencia del daño también genera procesos  
de insensibilización; los sujetos desarrollan  
mecanismos de defensa que implican la  
reducción de la empatía o la normalización del  
sufrimiento ajeno. Este fenómeno ha sido  
analizado por Susan Sontag en su reflexión  
sobre la representación del dolor, donde  
advierte que la exposición constante a imágenes  
de violencia es capaz de producir una forma de  
saturación que debilita la capacidad de  
respuesta  
ética  
(Sontag,  
2010).  
En  
la  
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espacio que habilita la reflexión crítica sobre la  
comunes de sentido, pero si la violencia se  
instala como condición estructural y se inscribe  
en la subjetividad, uno de sus efectos más  
profundos y persistentes es la erosión del  
vínculo social. La herida desarticula las tramas  
de relación que hacen posible la vida en común  
en un proceso que debilita las bases mismas de  
la convivencia que resulta en fragmentación,  
desconfianza e incapacidad de reconocimiento.  
violencia, lo que exige una transformación tanto  
conceptual como de las prácticas educativas  
para la problematización y el diálogo (Guajardo  
et al. 2019).  
La subjetividad en contextos de violencia se  
encuentra en constante interacción entre la  
internalización del daño y la posibilidad de su  
resignificación. Sin duda hay gran fuerza en las  
estructuras que hoy dan forma a la cotidianidad,  
pero también está la capacidad de agencia a fin  
de reconocer que ambas dimensiones coexisten  
y se influyen mutuamente (Di Napoli &  
Pogliaghi, 2019). La herida social se inscribe en  
los sujetos, pero no los determina de manera  
absoluta; siempre existe un margen, por  
pequeño que sea, para la reinterpretación, para  
la reconstrucción de sentido, para la apertura  
hacia otras formas de relación.  
Sin embargo, la crisis contemporánea no es solo  
económica o política; es relacional y afecta la  
posibilidad misma de construir un “nosotros”,  
vínculos que tienden a debilitarse o a  
replantearse de manera excluyente. De esta  
manera la desconfianza se convierte en un  
principio organizador de la vida social que  
desplaza la cooperación y el reconocimiento  
donde la convivencia deja de ser un espacio de  
encuentro para convertirse en un terreno de  
sospecha, donde el otro es percibido más como  
amenaza que como posibilidad (López et al.  
2019). Desde la teoría del reconocimiento,  
Honneth (2011) sostiene que la identidad de los  
sujetos se construye en relación con el  
reconocimiento y la autonomía que reciben de  
los demás y cuando este reconocimiento es  
negado o distorsionado, se produce una forma  
de daño moral que afecta profundamente la  
autoestima, la confianza y la capacidad de  
acción de los individuos.  
Si la violencia afecta la constitución misma de  
la subjetividad, entonces la educación no puede  
limitar su accionar a intervenir sobre conductas  
negativas y habrá de atender las experiencias, a  
los afectos, a las formas en que los sujetos se  
perciben a sí mismos y a los otros. En última  
instancia, pensar la subjetividad en contextos de  
violencia es enfrentarse a una pregunta  
fundamental: ¿qué significa ser sujeto en un  
mundo atravesado por el daño? La respuesta no  
es única ni definitiva, pero sí puede orientarse  
hacia la construcción de formas de existencia  
que, sin negar la herida, no se definan  
exclusivamente por ella. En abrir espacios  
donde sea posible elaborar la experiencia,  
reconstruir vínculos y afirmar la dignidad en  
medio de condiciones adversas.  
La violencia, en este sentido, hiere y despoja a  
los sujetos de su condición de agentes morales,  
lo que debilita su capacidad de participar en la  
vida social. La incapacidad de confiar en el otro,  
la  
dificultad  
para  
establecer  
relaciones  
duraderas, la tendencia a retraerse en espacios  
privados: todas estas prácticas configuran un  
escenario donde la convivencia se vuelve frágil  
y precaria, por lo que la violencia también es  
consecuencia de la ruptura del vínculo social en  
un círculo difícil de romper. La crisis del  
El vínculo social remite a aquellas formas de  
relación que permiten a los individuos  
reconocerse como parte de una comunidad,  
compartir significados y establecer horizontes  
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vínculo social plantea, además, un desafío ético  
permitido el desarrollo de estructuras; en este  
sentido, la llamada “civilización” es un  
mecanismo más sofisticado de control de la  
conducta en función de estándares socialmente  
producidos (Elias, 2015). En otras palabras, la  
sociedad se inscribe en el individuo, lo que  
permite comprender que la regulación de la  
conducta está ligada a las estructuras sociales,  
efecto de las configuraciones históricas de  
poder, organización social e interdependencia.  
de gran envergadura. ¿Cómo sostener la  
relación con el otro en contextos donde la  
violencia ha erosionado la confianza? ¿Cómo  
reconstruir formas de convivencia que no se  
basen  
en  
la  
imposición,  
sino  
en  
el  
reconocimiento mutuo?  
Ahora bien, dado que los procesos de  
enseñanza-aprendizaje a su vez se impregnan en  
los preceptos de las relaciones sociales y de la  
psicología educativa, Touriñán (2019) señala  
que cuando los sujetos no se sienten vistos,  
escuchados o valorados, la relación con el otro  
se deteriora, dando lugar a formas de  
interacción marcadas por la indiferencia o el  
conflicto y en el lado opuesto se es capaz de  
encontrar un espacio de concordancia entre los  
valores y sentimientos de cada acción. En una  
escala mayor, esta dinámica se ve agravada por  
procesos sociales más amplios; las sociedades  
modernas enfrentan un dilema entre la  
búsqueda de autenticidad individual y la  
necesidad de reconocimiento social.  
No obstante, cuando estas estructuras se  
debilitan por conductas disruptivas negativas  
como la delincuencia, los mecanismos de  
regulación se vuelven en dicha medida más  
frágiles, dando lugar a comportamientos más  
impulsivos o agresivos. A esta perspectiva se  
suman la precariedad laboral, movilidad  
constante  
elementos  
y
competencia  
permanente,  
transformaciones del  
de  
las  
capitalismo contemporáneo que han erosionado  
los vínculos sociales a tal punto de generar una  
cultura de la flexibilidad que dificulta la  
construcción de relaciones duraderas (Vejar,  
2014). Procesos que afectan las condiciones  
materiales de vida, así como la capacidad de los  
sujetos para establecer lazos de confianza y  
compromiso, en los que la convivencia es cada  
vez más instrumental y orientada por intereses  
inmediatos más que por proyectos compartidos.  
En sociedades donde los vínculos son más  
estables, las normas de convivencia tienden a  
internalizarse, lo que facilita formas de  
autocontrol que reducen la violencia; un  
supuesto inmediato sería la democracia, pero  
esta es incapaz de sostenerse por sí misma sin el  
conjunto de ciencias y sujetos que conforman  
las humanidades (Nussbaum, 2010). De tal  
manera que a medida que las sociedades se  
complejizan, los individuos internalizan normas  
La escuela, en tanto espacio de socialización, no  
es ajena a estos procesos; por el contrario, es un  
lugar donde se condensan las tensiones propias  
de la fragmentación social y la dificultad para  
construir comunidad, lo que se manifiesta en  
conflictos cotidianos, en la falta de sentido, en  
que  
antes  
se  
imponían  
externamente,  
autocontrol que surge de mayores niveles de  
interdependencia social. En consecuencia, la  
conducta individual refleja configuraciones  
sociales e históricas más amplias. Desde la  
perspectiva sociológica de Norbert Elias, los  
procesos de civilización son el resultado de  
procesos históricos sociales que les han  
la  
incapacidad  
de  
establecer  
normas  
compartidas. Por lo que desde la escuela se  
ponen en juego distintas formas de entender la  
relación con el otro, he ahí la crucial tarea del  
docente como sujeto proactivo que plantea el  
pensamiento y la reflexión como herramienta  
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para cuestionar el mundo, el diálogo para  
disposición sensible a la vulnerabilidad del otro  
y a responder a ella. La convivencia sana  
plantear su nueva dirección y la praxis  
profesional como medio para su alcance. Este  
tipo de reflexión es la más rica en cuanto a lo  
que produce, pues se convierte en un diálogo del  
profesorado consigo mismo, en búsqueda de  
encontrar las raíces que motivan su ejercicio, las  
razones que fundamentan su acción y la forma  
de mejorar continua mente, además de  
reconocer que la reflexión es parte del  
aprendizaje del que nunca puede prescindir  
aquel que se precie de ser un buen docente; pues  
como señalaba Freire (1970) el verdadero  
educador, es un educador-educando que  
reconoce que siempre puede aprender más y  
aprender de todos, sin importar de quien se trate  
[…] (Aguilar et al. 2010, p. 30).  
entonces  
se  
construye  
a
partir  
del  
reconocimiento mutuo y el cuidado, en una  
responsabilidad ética, núcleo de los vínculos  
humanos más allá de la norma, entonces la  
ruptura del vínculo social es entonces una crisis  
del reconocimiento. El sufrimiento ya no puede  
reducirse a una experiencia individual; es, más  
bien, una forma de inscripción de lo social en el  
sujeto, por lo que el sufrimiento contemporáneo  
habrá de entenderse como una categoría  
política, en tanto que revela las formas en que  
las sociedades distribuyen la vulnerabilidad. No  
todos sufren de la misma manera, ni por las  
mismas razones; existen jerarquías del dolor  
que responden a estructuras de poder que  
determinan qué vidas son protegidas y cuáles  
son expuestas al daño; esta idea cuestiona la  
ilusión de igualdad que muchas instituciones  
proclaman.  
En este sentido, la escuela es un espacio donde  
es posible ensayar formas de convivencia más  
justas, pero exige reconocer sus límites ya que  
no puede compensar por sí sola las fracturas del  
orden social, pero sí puede contribuir a generar  
experiencias que cuestionen la normalización  
de la violencia y abran posibilidades de relación  
distintas en un horizonte ético que orienta la  
práctica educativa. En este sentido, la propuesta  
de Paul Ricoeur sitúa la ética por encima del  
plano de las normas, en la relación viva con el  
otro; el concepto de “solicitud” alude a una  
actitud de cuidado, atención y reconocimiento  
hacia la otra persona en su fragilidad, lo que  
genera una exigencia moral: responder a esa  
condición con responsabilidad (Ricoeur, 2006).  
Conclusión  
El desafío del combate a la violencia no es  
menor; implica desnaturalizarla, cuestionar las  
estructuras que la producen y reconocer la  
dignidad de las subjetividades que han sido  
históricamente atravesadas por el daño, así  
como asumir la responsabilidad ética de  
transformarla. Porque, en última instancia, lo  
que está en juego no es la explicación de un  
fenómeno social, más bien la posibilidad de  
imaginar un mundo donde la vida no esté  
organizada en torno al sufrimiento. La  
producción social del sufrimiento es el  
resultado de decisiones políticas, económicas y  
de imaginarios culturales que pueden ser  
transformados. Por lo que la subjetividad se  
conduce en un campo de fuerzas donde lo que  
parece natural es, en realidad, el producto de  
relaciones históricas de poder. En este sentido,  
la escuela como institución socializadora es  
A su vez, subraya que esta relación es  
asimétrica en muchos casos, ya que no todos los  
sujetos  
se  
encuentran  
en  
igualdad  
de  
condiciones; ello implica hacerse cargo del otro  
incluso cuando este no puede corresponder en  
igualdad. Es decir, el sujeto se constituye en una  
relación recíproca donde el yo se comprende a  
sí mismo a través del otro por medio de una  
fundamental  
para  
promover  
prácticas  
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pedagógicas sensibles que se inscriban en la  
pensar alternativas, de abrir espacios para una  
vida distinta, donde el sufrimiento no sea la  
condición normalizada de la existencia y desde  
la escuela se pueda responder ante tales desafíos  
del presente siglo.  
alteridad, el respeto y la apuesta por el  
reconocimiento del otro y su vulnerabilidad. Sin  
embargo, reconocer esta posibilidad no implica  
desconocer la profundidad del daño. La  
interiorización del daño plantea un desafío ético  
y político fundamental. Si la violencia se ha  
naturalizado hasta el punto de formar parte de la  
experiencia cotidiana, ¿cómo es posible  
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nombrarla,  
visibilizarla,  
cuestionarla?  
desde la  
Complementariamente,  
pensarla  
subjetividad implica reconocer que el daño no  
habrá de contemplarse en términos de agresión  
física o material, sino en la manera en que  
configura las formas de ser en el mundo.  
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Así,  
la  
dominación  
se  
vuelve  
eficaz  
precisamente porque no se percibe como tal;  
aquí radica la importancia de una mirada crítica  
que interrogue sus condiciones de posibilidad.  
La herida social no solo separa; también puede,  
en ciertas condiciones, ser punto de encuentro.  
Compartir la experiencia del daño abre espacios  
de reconocimiento que permitan reconstruir el  
lazo social desde una base distinta, más  
consciente de la vulnerabilidad y más  
comprometida con la dignidad del otro. Esta  
posibilidad, sin embargo, no está garantizada:  
depende de las prácticas, de las decisiones y de  
las formas en que se elige responder a la  
violencia. La reconstrucción del vínculo social  
requiere, por tanto, de un trabajo que va más allá  
de la intervención discursiva, implica generar  
condiciones para el encuentro, para la escucha,  
para el reconocimiento de la diferencia; esto  
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en esta tensión donde se juega la posibilidad de  
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