Ciencia y Educación
(L-ISSN: 2790-8402 E-ISSN: 2707-3378)
Vol. 7 No. 4.1
Edición Especial IV 2026
con los otros. Esta tensión entre determinación
cotidianidad esta insensibilización se traduce en
indiferencia, en incapacidad de reconocer la
gravedad del daño o en aceptación pasiva de la
violencia como parte de la vida, de modo que la
subjetividad herida no solo piensa de manera
distinta, también siente de manera distinta.
y agencia se manifiesta en los contextos
educativos, la escuela, al ser un espacio donde
se cruzan múltiples trayectorias y experiencias,
es un lugar donde las subjetividades se
confrontan, se moldean y, en ocasiones, se
transforman. La violencia que circula en este
espacio afecta a los sujetos y configura sus
formas de percepción y de relación a tal punto
que el miedo, la desconfianza, la indiferencia
pueden convertirse en disposiciones duraderas
que condicionan la manera en que los
individuos interactúan con los demás (Chávez y
Rodríguez, 2024).
No obstante, la subjetividad no se agota en la
internalización del daño; también es el lugar
donde puede emerger la resistencia. Esta no
siempre adopta formas visibles u organizadas;
muchas veces se expresa en gestos, en
decisiones cotidianas, en formas de relación que
desafían la lógica dominante, en contextos de
dominación los sujetos desarrollan “transcriptos
ocultos”, es decir, formas de resistencia que
problematizan y no se expresan abiertamente,
pero que permiten preservar espacios de
autonomía, así como propuesta ante el orden
establecido (Scott, 2000). En el ámbito
educativo, estas resistencias se manifiestan en
prácticas pedagógicas sensibles, en vínculos
solidarios, en la construcción de comunidades
de sentido que cuestionan la normalización de
la violencia.
La violencia es un fenómeno multidimensional
y conductual, pero también afectivo, de ahí que
las emociones sean formas de evaluación que
expresan juicios sobre lo que es valioso o
amenazante. El miedo, por ejemplo, puede ser
una respuesta comprensible ante contextos de
adversidad y violencia, pero cuando se
generaliza o cronifica, da lugar a formas de
retraimiento y aislamiento que debilitan la
comunidad (Alzugaray et al. 2023). La
subjetividad, por tanto, padece y en la gravedad
se vuelve su vehículo, entonces la superación de
esta es una transformación radical del sujeto y
de las condiciones sociales que hagan posible el
amor como práctica consciente, ética y libre.
Han (2012) ha señalado que la violencia
contemporánea ya no se presenta únicamente
como una fuerza externa, más bien como una
presión interna que los sujetos ejercen sobre sí
mismos, ya que, en la sociedad del rendimiento,
el fracaso se vive como una responsabilidad
individual, lo que produce formas de auto
explotación y agotamiento que intensifican el
sufrimiento. La violencia, en este sentido, se
interioriza, se vuelve parte de la subjetividad
misma. Así, la posibilidad de resistencia está
estrechamente asociada a la capacidad de
reflexividad. Poder nombrar la experiencia,
interpretarla, situarla en un marco más amplio
constituye un paso fundamental para romper
con la naturalización del daño. En este sentido,
la escuela desempeña un papel crucial como
Frente a la repetición de la violencia, la
experiencia del daño también genera procesos
de insensibilización; los sujetos desarrollan
mecanismos de defensa que implican la
reducción de la empatía o la normalización del
sufrimiento ajeno. Este fenómeno ha sido
analizado por Susan Sontag en su reflexión
sobre la representación del dolor, donde
advierte que la exposición constante a imágenes
de violencia es capaz de producir una forma de
saturación que debilita la capacidad de
respuesta
ética
(Sontag,
2010).
En
la
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